Argentina en el Nuevo Desorden Internacional


por Armando Ribas, (octubre 2006)

 

Durante la llamada Guerra Fría, el orden internacional se definió por el enfrentamiento entre las dos superpotencias existentes: Estados Unidos y la Unión Soviética. Así el mundo aparecía dividido entre la libertad y el totalitarismo comunista. No obstante esta dicotomía ético-política, se desarrolló la denominada doctrina de la equivalencia moral entre ambos sistemas y a partir de ella se formó el Movimiento de los no Alineados que comenzara Tito en Yugoslavia ante su ruptura con Stalin, no obstante seguir siendo comunista. A el adhirió Neruh y también Cuba no obstante ser una dependencia política y económica de la Unión soviética.

 

En ese supuesto mundo bipolar se acentuó la creencia equívoca de la existencia histórica de un Occidente unívoco que aglutinaba las virtudes ético políticas desde los griegos hasta nuestros días. Por supuesto sustentado en la virtud del cristianismo y la apoteosis de la razón surgida del Iluminismo. Paulatinamente se fueron manifestando las falacias de los anteriores supuestos, y en tanto China rompía con la Unión Soviética, en América latina se engendraba la subversión comunista-cristiana, financiada por Rusia y entrenada en Cuba.

 

La disyuntiva entre democracia y dictadura que se suponía determinaba al orden internacional bipolar, tomo otra dimensión política. La alternativa que se enfrentó en nuestro continente fue entre dictaduras militares o comunistas. Como era de esperarse Estados Unidos apoyó las dictaduras militares contra la subversión marxista prevaleciente. Con la llegada de Carter a la Casa Blanca esa política se modificó sustancialmente. La primera víctima propiciatoria de la nueva política inspirada por el marxista Zbigniew Brzezinski asesor del presidente Carter fue el Sha de Irán. El resultado de esta política democratizadora, fue el creciente desequilibrio político del Medio Oriente con la llegada de los ayathollas al poder. La Casa Blanca se vió obligada entonces a apoyar a Saddam Hussein en la guerra contra Irán, hasta que a éste se le ocurrió invadir Kuwait

 

Al Sur del Río Grande el cambio de política determinó la práctica desaparición de los gobiernos militares y el surgimiento de la democracias populistas. Es decir, aquellas donde sus lideres surgen de enfrentar precisamente al imperialismo yankee. Al respecto de esta situación, en que la tragedia europea, -en el mejor sentido del 18 Brumario de Luis Napoleón- se transformó en farsa, Jeane Kirpatrick escribió un libro que vale la pena releer: Dictaduras y doble moral. Allí escribió: “La presencia marxista es ignorada y/o minimizada por los funcionarios estadounidenses y por la elite media sobre la base de que el apoyo de Estados Unidos a los dictadores dejaba a los rebeldes sin otra opción que buscar ayuda en otra parte”.

 

La caída del Muro de Berlín, derrumbó con él, el denominado mundo bipolar, y dejó a Estados Unidos como la única superpotencia en un mundo monopolar. La caída del Muro fue interpretada como el triunfo de la democracia liberal sobre el socialismo y, consecuentemente, como el fin de los antagonismos. Lamentablemente la realidad ha sido muy diferente, y mal que le pese al Sr Huntington, el antagonismo que apareció es el que ya había surgido del Iluminismo, que en el continente europeo fue la apoteosis de la razón. O sea del socialismo y el nacionalismo que hoy todavía definen a la Unión Europea.

 

El socialismo, doctrina racionalista falaz, impregna igualmente el pensamiento religioso ya fuere musulmán o cristiano. Fue así que Jeane Kirkpatrick en la obra citada sostiene que el cristianismo impregnado del socialismo marxista ha sido el sustrato ético filosófico de los progres que, buscando la libertad, se encuentran con el totalitarismo.(SIC). No debe haber dudas que después de la caída del Muro el socialismo envuelto en el manto seductor del antiimperialismo impera en el mundo, desarrollado y subdesarrollado. Es decir que tal como dijera Von Mises en 1922, el problema sigue siendo que los opositores al socialismo aceptan sus premisas éticas.

 

La prueba manifiesta del prevalecimiento de esa posición política es la antiglobalización que abreva en el pensamiento de Lenín, tal como lo expusiera en “Imperialismo Etapa Superior del Capitalismo”.Y a partir del reconocimiento de esa ética socialista, el artículo 25 de “La Declaración Universal de los Derechos Humanos” dice: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios”.... No creo que esas fueron las palabras de Dios a Adán (primer ser humano) cuando lo echara del Paraíso. Por tanto no creo que tales derechos puedan tener su sustento en el mero hecho de ser humano.

 

Este artículo parte del supuesto entonces de que la riqueza (bienes y servicios) existen per se, y que si alguien carece de ella, es porque alguien se lo impide o lo roba. O sea, que tales derechos implícitamente se basan en la errónea teoría de la explotación, tal como la expusiera Marx en el Manifiesto Comunista en 1848, y según la cual los capitalistas le roban a los trabajadores el producto de su trabajo. Y esa teoría sobre el capitalismo fue universalizada por Lenín en la obra citada donde escribió: “En tanto el capitalismo siga siendo lo que es, el exceso de capital será utilizado, no con el propósito de elevar el nivel de vida de las masas en un país dado, sino con el propósito de aumentar las ganancias exportando capital hacia los países atrasados”. Y como corroboración del prevalecimiento de esa doctrina según la cual la inversión extranjera es un robo, tenemos el documento reciente de la Conferencia Episcopal Argentina: “Una Tierra para Todos", Que dice: "La explotación laboral que impide a los trabajadores disfrutar de los bienes comunes de la naturaleza, como los frutos de la producción”.

 

Es evidente que la manifestación citada parte de la falacia del artículo 25 citado más arriba y, por supuesto, implica el reconocimiento de la teoría de la explotación y que los bienes producidos aparentemente fueron dados por Dios. Creo pertinente que tal como sostuviera la encíclica Rerum Novarum sería pertinente dejar a Dios fuera de la economía, pues de otra manera no se podría justificar su benevolencia productiva cuando el hombre vivió en este mundo por más de 5000 años sin disponer de un atisbo de los bienes de que se dispone hoy en día.

 

En función de esa ética falaz tenemos hoy el terrorismo musulmán, pero no menos el terrorismo racional que inspira a la ETA, a las FARC, a Sendero Luminoso, al IRA y así también, a los gobiernos despóticos que sustentados en el nirvana democrático, agobian a muchos países tales como Venezuela e Irán.


O sea que la ética falaz contenida en el artículo 25 citado, es reconocida como tal tanto en Oriente como en Occidente. La excepción son los Estados Unidos, lo que no quiere decir que dentro de sus fronteras no haya muchos americanos que participan del mismo criterio, tal como puedo decir es el caso del Sr Carter o la Sra. Clinton
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Por último, puedo decir que ante la falacia de la globalización, el aparente fracaso de la invasión a Irak, el pertinaz socialismo y nacionalismo europeo, el surgimiento capitalista de China bajo un régimen comunista, y de la India todavía influenciada por el Hinduismo, y el populismo latinoamericano, el mundo se encuentra ante un verdadero desorden internacional Al mismo contribuye tanto lo que he denominado la apoteosis de la razón surgida del Iluminismo, como los fanatismos religiosos que incursionan en la política.

 

Sólo un serio replanteo de los factores ético jurídicos y políticos que determinan la creación de riqueza de la que se careció por milenios, podrá superar el desorden existente y consecuentemente, sino erradicar, al menos disminuír los antagonismos pendientes. Ese desorden, que lejos de contribuir a lograr un mejoramiento social sólo genera mayor pobreza y en función de ella más antagonismos y mayor opresión en su nombre. Y no olvidemos que el mayor fracaso de la globalización, no obstante las comunicaciones, no lo determinan los países capitalistas como Estados Unidos, China o la India, sino la doctrina socialista y nacionalista y consecuentemente proteccionista, de la Unión Europea. Particularmente Francia y Alemania
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