| AHORA
TENEMOS CON EL NOMBRE DE LA DEMOCRACIA DOS SISTEMAS POLITICOS
TOTALMENTE OPUESTOS La
política en
la Torre de Babel
La mentira y el engaño han triunfado en buena parte de la cultura moderna. El sistema que ha construido la libertad y el bienestar en el mundo representa hoy al "materialismo" frente a la espiritualidad y generosidad socialista. Armando
P. Ribas, octubre
de 2004.
El idioma inglés parece haberse convertido en una suerte de esperanto y por supuesto el mundo de las comunicaciones se globaliza a través de la lengua de Shakespeare. Sin embargo, todo parece indicar que comunicar no es lo mismo que entender y así el mundo de la política parece la nueva torre de Babel, donde no son las lenguas las confundidas, sino diría los conceptos. Una vez más, voy a citar a Abraham Lincoln cuando dijo: "El mundo jamás ha tenido una buena definición de la palabra libertad y los americanos justamente ahora estamos muy necesitados de una. Todos nos declaramos a su favor; pero al usar la misma palabra, no le damos el mismo significado... Aquí hay dos cosas no sólo diferentes, sino incompatibles llamadas por el mismo nombre, libertad". Lamentablemente, este error conceptual no se agota en el vocablo libertad sino que se extiende a conceptos tan vitales en el léxico político como liberalismo, capitalismo, democracia, izquierda, derecha, etc. LA PRIMERA IDEA La primera idea es que la confusión a la que indudablemente se refiriera Lincoln, nació históricamente entre los conceptos de libertad e independencia. Así, todos los actuales movimientos revolucionarios se declaran de liberación. Ya Alberdi en su brillante Conferencia de Luz del Día había explicado la diferencia fundamental entre libertad e independencia o libertad externa. Así escribió "La América del Sur no tendrá libertad sino cuando esté libre de sus libertadores". A partir de Locke, la libertad se definió como el producto de la ley que reconocía los derechos individuales a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la propia felicidad. En consecuencia, y en reconocimiento de la falibilidad del hombre, se determinó la necesidad del gobierno y al mismo tiempo la limitación del poder político. Es en ese sentido que Benjamín Constant, citado por el Padre Félix Varela, define la libertad como "la práctica de todo aquello que la sociedad no tiene el derecho de impedir". Hay una coincidencia profunda al respecto entre Varela y Alberdi y veamos: * "Si el ejercicio de la soberanía del pueblo no conoce límites, sus representantes, que se consideran con toda ella, podrán erigirse en unos déspotas, y a veces el interés rastrero de un partido formaría la desgracia de la nación" (Félix Varela) * "Es el despotismo personal de un hombre confundido y ejercido en forma de libertad popular. Es la libertad oprimida por sí misma; el pueblo avasallado por el pueblo, o más bien en su nombre..." (Juan Bautista Alberdi). En estas observaciones encontramos la razón de ser del fracaso permanente de las democracias mayoritarias, que ignorando los derechos individuales se escudan en la razón de estado, que es en sí misma el ejercicio ilimitado del poder del gobierno. Pero he aquí que esta realidad que asuela a América Latina se desconoce y por tanto, como señalaba Lincoln, ahora tenemos con el nombre de democracia dos sistemas totalmente antitéticos. El uno en nombre de la Constitución, de poderes limitados y en defensa de los derechos individuales y el otro cuya legitimidad se agota en el sufragio universal y su poder ilimitado en el supuesto de los derechos sociales. Cuanto mayores son estos, mayor es la arbitrariedad del poder público y de la burocracia, y menor la seguridad jurídica de los derechos individuales. LA NEMESIS No obstante, esta realidad política, que no sólo ha sido la experiencia de América Latina, sino igualmente manifiesta en la dolorosa historia de Europa continental que culminara en la Segunda Guerra Mundial, la democracia aparece como la némesis del liberalismo o el neoliberalismo o el llamado capitalismo salvaje. Y aquí nuevamente tenemos la semántica que en nombre de la ética de la izquierda descalifica los verdaderos conceptos. La experiencia de la década de los noventa en América Latina y particularmente en Argentina ha desembocado en la crisis que hoy se padece de mayor pobreza y mayor endeudamiento. La explicación políticamente correcta es que ella se debió a los intentos de liberación de los mercados y a las privatizaciones y en última instancia a la corrupción. Se ignora así juiciosamente que la misma se debió fundamentalmente a la demagogia ejercida a través del incremento del gasto público y su manifestación en el clientelismo político. Es decir, el pueblo oprimido en nombre del pueblo en la lucha contra la pobreza que, como ha señalado en un estudio reciente el Banco Mundial, es la causa de la miseria. El fracaso de esa demagogia, sin embargo, se le endilga al neoliberalismo, vocablo que desconoce la esencia misma del pensamiento político, que a partir de la libertad alcanzara la modernidad y el bienestar en los últimos trescientos años. Pero he aquí que la ética de la izquierda ha logrado influir el pensamiento colectivo, y todo intento de limitar el poder de las mayorías (de los gobiernos que las representan) se denomina fascismo. Esta tergiversación surgió en la Europa anterior a la Segunda Guerra Mundial cuando el riesgo a la propiedad privada expuesto por el comunismo se pretendió superar a través de la colusión corporativa del Estado con los empresarios. De ahí Lenin dijera al respecto que "un fascista era un liberal asustado". Esa colusión corporativa privó al sistema liberal, precisamente de la esencia de su estructura jurídica y finalmente desembocó en Alemania en el nacionalsocialismo (nazismo). Pero ya el liberalismo y su esencia habían sido descalificados doblemente por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista de 1848. Así fue Marx el que le diera al sistema liberal la denominación de capitalismo, ignorando su razón de ser ético-política y convirtiéndolo en un mecanismo histórico-económico despojado de toda virtud, sustentado en la explotación del hombre por hombre, donde la libertad de unos se ejercía a costa de la alienación y la esclavitud de otros. (sic) IGUAL NOMENCLATURA Más allá de la defensa que se hiciera del capitalismo, de hecho se aceptó la misma nomenclatura que lo descalificaba. Así, la izquierda monopolizó la ética a través de la igualdad, en tanto, el sistema que había construido la libertad y el bienestar en el mundo, representaba el materialismo frente a la espiritualidad y generosidad socialista. Debo decir que esta interpretación equívoca del proceso liberal venía de Montesquieu, quien en su muy respetada obra "El espíritu de las leyes", confundía democracia con socialismo y así escribió: "El amor de una república en una democracia es el amor a la igualdad. Amar la democracia es amar la frugalidad. Teniendo todos el mismo bienestar y las mismas ventajas, deben gozar todos los mismos poderes y abrigar las mismas esperanzas; lo que no se puede conseguir si la frugalidad no es general". La realidad es que, como se ha demostrado, la frugalidad es el resultado, no el instrumento del socialismo. Pero más aún abundó en el romanticismo de Rousseau del origen de las desigualdades del hombre (la propiedad) y que deviniera en el racionalismo político de "El Contrato Social", de la mano de la voluntad general y la entelequia de la soberanía, que se convirtiera en el trono del derecho divino de los pueblos. Así, Europa continental al son de la Marsellesa, levantó el estandarte de la sangre, en tanto que la democracia se confundía con el socialismo y la aristocracia con el liberalismo. SUPUESTA DICOTOMIA Hoy padecemos esta confusión histórica a través de la supuesta dicotomía entre la izquierda y la derecha, conforme a la cuál ésta representa la antítesis de la democracia, por consiguiente representante del fascismo del capitalismo salvaje o del nuevo lenguaje del neoliberalismo. El socialismo, así, sigue monopolizando la ética social, y la llamada derecha se siente acorralada ante la demagogia y, de hecho, en muchos casos, en lugar de defender los principios que la sustentan se defiende una vez más en colusion con los gobiernos de turno, cuyo poder arbitrario pretenden compartir y usufructuar. Ahí reside la verdadera corrupción a la que se refiere el informe del Banco Mundial citado. Dicho informe reconoce en los hechos la validez del dictum de Adam Smith de que "los gobiernos no pueden hacer la riqueza de las naciones, pero pueden evitarla..." y más aún aquélla otra observación "Nunca había visto nada bueno hecho por los que pretenden actuar en nombre del bien público". Así, el informe concluye que las causas de la pobreza generado por los gobiernos reside en: a) La falta de seguridad jurídica de la propiedad. b) El elevado costo de los despidos. c) El exceso de burocracia. d) El exceso de regulaciones. e) Los obstáculos legales al cobro de las deudas. f) El exceso de procedimientos requeridos para comenzar nuevos negocios o empresas. Ésta es la verdadera realidad del denominado "neoliberalismo" al que me he atrevido a llamar "neosocialismo", o si se prefiere al estagirita: demagogia. SANDÍA REVOLUCIONARIA Como si fuera poca la Babel política, el país, reino del liberalismo, se encarga de denominar liberales a los socialistas. Los cubanos en la Florida, que no sabían demasiado de los conceptos políticos en cincuenta años de república antes de la Revolución de la Sandía (verde por fuera, roja por dentro) padecen hoy esa misma confusión substantiva. Esta confusión es decididamente importante, pues los cubannamericanos en función del sistema liberal que impera en las tierras del Tío Sam han logrado hacer un emporio de riqueza, y Miami se ha convertido en la capital de América Latina. Es la única región latina con seguridad jurídica. Y esto no implica desconocer el esfuerzo realizado, sino tan solo reconocer que éste sólo fructifica donde no existen las restricciones que señala el informe del Banco Mundial. |