POPULISMO: ETAPA INFERIOR DEL SOCIALISMO

POPULISMO: ETAPA SUPERIOR DEL SOCIALISMO

SOBERANÍA DEL PUEBLO Y SOBERANÍA DEL ESTADO


Armando P. Ribas



Nuevamente la señora Condoleezza Rice ha manifestado su preocupación por el populismo en el continente, y esta vez se refirió con nombre y apellido a Juan Domingo Perón, y lo comparó con el heredero de Fidel Castro y presunto bolivariano, el señor Chávez. Como era de esperarse, en un país en el que el peronismo ha dejado de ser una ideología y se ha convertido en una “religión” de acceso al poder, se produjo naturalmente una reacción como una ofensa. Las palabras de la señora Rice me recuerdan lo que al respecto de “Alpargatas, sí; libros, no” Paul Johnson dijera en su Tiempos Modernos. Así se expresó el autor: “Como presidente, Perón dio la clásica demostración, en nombre del socialismo y del nacionalismo, de cómo destruir una economía.”


Lo que aparentemente parece ignorar la señora Rice, es que el populismo como “etapa superior del socialismo” no sólo impera en el continente. Esa enfermedad, lamentablemente, afecta desde hace largo tiempo a Europa y hoy la Unión Europea padece del virus que amenaza su aparente éxito económico y aun su continuidad política. Según nos informa la revista The Economist, el presidente del Partido Social Demócrata alemán, el señor Franz Müntefering, acusó a ciertos inversores como “un enjambre de langostas que caen sobre las compañías, dejándolas desnudas a su paso”. Así comenta dicha revista que este debate sobre el capitalismo habría desatado una reacción antiempresaria y antirreforma que perjudica tanto a Alemania como a Europa.


El problema sigue siendo lo que tanto los Founding Fathers como Alberdi se percataron respecto a que en la República el sufragio universal es un instrumento, en tanto que la esencia de la misma es el respeto por los derechos individuales. Fue así que Jefferson dijera que un despotismo electivo no era por lo que había luchado y Madison claramente expresó que “una sociedad en la que una mayoría se puede reunir para oprimir a una minoría se encuentra en el estado de naturaleza donde el más débil se encuentra a merced del más fuerte”.


Al respecto, igualmente Alberdi escribió en su ensayo Sufragio universal de la universal ignorancia: “Entregar la soberanía del pueblo a una multitud ignorante... es la mentira del fraude... Es la libertad oprimida por sí misma, el pueblo avasallado por el pueblo o más bien dicho en nombre del pueblo”... Por ello es evidente que es una falacia de la democracia y en ella reside su fracaso pertinaz en América del Sur. No es viable un sistema que vota un día por el capitalismo y cuatro años después por el socialismo. Es por ello que Sarmiento en sus Cometarios a la Constitución Argentina, refiriéndose a Estados Unidos, comentó: “los americanos se han puesto de acuerdo en todo aquello que en el resto del mundo es la causa de la opresión y de las revoluciones”.


Por supuesto que lo que he dicho anteriormente será considerado como expresión de lo que se ha denominado el pensamiento único, pero esa es la falacia que nos ha sumido en la decadencia. Como bien señala David Hume, la discusión política debe estar dentro de la Constitución y no sobre la Constitución. En otras palabras, la causa es la libertad de discutir sobre los múltiples incidentes de la vida ciudadana y otra muy distinta la de discutir el propio sistema que se encuentra definido en la Constitución de 1853-60.


También a Alberdi se le podría haber considerado propulsor del pensamiento único cuando claramente escribió que el socialismo como violación paladina del derecho de propiedad era por sí inconstitucional. Así escribió: “... la Constitución argentina ha consagrado por su artículo 14 el derecho amplísimo de usar y disponer de su propiedad con lo cual ha echado un cerrojo de fierro a los avances del socialismo”. Desafortunadamente ese cerrojo fue abierto y no sólo por Perón, sino por los que le siguieron, pues la decadencia argentina está signada por la violación pertinaz de los derechos consagrados en la Constitución. Desde ese punto de vista, he señalado que desde 1943 el populismo ha sido el intento de todos los gobiernos, incluidos los militares, con la excepción diría de Frondizi, y así como el fallido intento de Menem, cuyo mayor error fue la reforma constitucional en acuerdo con Alfonsín (Pacto de Olivos).


Tenemos entonces que el populismo a su vez se desenvuelve en el estatismo como argumento de la demagogia nacionalista de la soberanía nacional. Fue precisamente Bodin, según tengo entendido, quien desarrolló la teoría de la soberanía que definió “como el poder supremo sobre los ciudadanos y los súbditos que no puede ser restringido por la ley”. En esa línea se pronunció Hobbes en su Leviatán y a él le siguió Rousseau cuando definiera igualmente la soberanía como la expresión de lo que denominara “la voluntad general” y así al respecto escribió en El Contrato Social: “Es por tanto, contrario a la naturaleza del cuerpo político que la soberanía se imponga una ley sobre sí misma que no pueda infligir” y seguidamente añadió que era imposible que la soberanía pudiera dañar a los miembros de la comunidad.


Fue siguiendo esa fantasía que Kant, quien consideraba a Rousseau como el “Newton” de las ciencias morales, escribió en su Metafísica de la Moral: “De aquí sigue la proposición de que el soberano de un estado tiene sólo derechos en relación a sus súbditos y no deberes coercibles... Aun la actual constitución no puede contener ningún artículo que pueda hacer posible para algún poder dentro del estado el resistir o impedir al supremo ejecutivo en casos en que pueda violar las leyes constitucionales.” Hegel a horcajadas sobre los hombros de tan ilustres antecesores le dio a la razón en la historia su vocación teocéntrica y así describió al estado como “la divina idea tal como existe sobre la tierra... El Estado es la marcha de Dios a través del mundo”.No voy a insistir en la Teoría del Estado de Hegel, que se apropia de la razón de la Historia y hace del antagonismo la fuente por la cual más que se justifica se exalta la guerra y a través de ella los estados hacen su irrupción en la historia.


Así el racionalismo político que viera su alborada en la Revolución Francesa de 1789 se desarrolla para alcanzar los totalitarismos que asolaron al mundo durante el siglo XX. No he olvidado a Marx, quien igualmente inspirado en Rousseau y su Discurso sobre las desigualdades del hombre, atacando al estado hegeliano, encuentra la voluntad del Geist (la razón en la historia) en el socialismo y la creación del hombre nuevo en búsqueda de la anarquía en la sociedad sin clases. Digno es reconocer que al menos en su crítica a la Teoría del Estado de Hegel, pone de manifiesto la realidad del rol de los burócratas, quienes, según Marx, lejos de representar los intereses generales, convierten en tales lo que no son más que sus intereses particulares. Fue Lenin, entonces, siguiendo las virtudes de los jacobinos, quien desarrolla el comunismo. En Estado y Revolución, discutiendo a Engels (Antidurhing), nos muestra la sabiduría y el rol fundamental de la dictadura del proletariado para expropiar a los expropiadores para alcanzar la libertad a través de la superación de la escasez. En 1940, el pacto Molotov-Ribbentrop, en consecuencia de las doctrinas totalitarias que representan, propone la repartición del mundo entre Stalin y Hitler. Tal proyecto, sin embargo, pareció demasiado para un Hitler que despreciaba a los eslavos y así, siguiendo los pasos de Napoleón, concibió la “Operación Barba Roja”, que finalmente sucumbiera en Stalingrado.


Había pospuesto a Marx no porque lo ignorara sino porque, a diferencia del nazismo que terminara con Hitler, el marxismo ha trascendido la caída del Muro de Berlín, mal que le pese a Fukuyama. En consecuencia, esa doctrina que se funda en la envidia, que como pecado parece más universal que la soberbia de la superioridad racial, continúa siendo una amenaza a la libertad. Ya fuere con votos, vía la Social Democracia de Berstein y La Salle o de los denominados movimientos de liberación nacional, su sobrevivencia, no obstante sus magros resultados, es un hecho incontrovertible.


Es evidente, entonces, que entre Europa continental y Estados Unidos coexisten dos concepciones filosóficas antitéticas que no pueden ser armonizadas como se pretende por la democracia basada en el sufragio universal. Es una falacia creer que es posible votar hoy por un sistema socialista, cuyos presupuestos violan los derechos individuales, y mañana votar por un régimen cuyo presupuesto es precisamente el respeto a tales derechos. Como bien señala Raymond Aron, una vez que se impone el sistema socialista, es imposible reformarlo, como ocurre en Alemania y Francia, pues el partido que lo intenta pierde las elecciones.


En América Latina, la legitimación democrática (demagógica populista), sufragio universal mediante, de la soberanía del pueblo y la consiguiente soberanía del Estado hace prevalecer un estado en el que se desconoce la seguridad jurídica. La justicia se convierte en política y en consecuencia se vive, en palabras de Jefferson, un despotismo electivo, que determina la pobreza que surge de la falta de libertad. Como dijera Tocqueville: “Las tierras producen menos en razón de su fertilidad que de la libertad de sus habitantes.” Ya hasta el Banco Mundial se percató de esta realidad, y la conclusión de su último informe es que los gobiernos son la causa de la pobreza en los países subdesarrollados.