Liberalismo y cristianismo nunca fueron incompatibles


Armando Ribas, 13 de junio de 2004.


Pienso que la relación entre el cristianismo y el liberalismo es de la mayor importancia para la Argentina. No hay duda de que reinen incomprensiones de vieja data, que reflejan una confusión profunda respecto a la esencia misma del denominado liberalismo al que hoy se lo llama peyorativamente neoliberalismo.


Nuestro léxico político plagado de inexactitudes se centra en las virtudes de la democracia y el anatema del neoliberalismo.

Fue hace muy poco que el Papa pidió perdón por hechos históricos de la Iglesia tales como la Inquisición, las cruzadas y el enfrentamiento con la ciencia (Galileo), etc. Estas palabras del Papa, que tienen mi mayor respeto, sin embargo ocultan la verdadera naturaleza del problema. A mi juicio no se puede culpar a la Iglesia Católica como el origen de tales pecados históricos, sino que ellos reflejan el sentir y el comportamiento generalizado de ese Occidente que hoy pretende representar desde sus orígenes la ética contemporánea. O sea que, si pecadores hubo -la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto son sus ejemplos más cercanos- no fue por la existencia de la Iglesia.

Tampoco encuentro en Lutero ni en Calvino un pensamiento ni un comportamiento más digno. El absolutismo y el fanatismo religioso impregnaban la mente de los hombres, y la lucha por el poder terrenal tenía su campo de batalla en el ámbito celestial, pero fundamentalmente en la naturaleza falible del ser humano, por más que hubiera sido creado a imagen y semejanza de Dios.

No obstante, no se puede desconocer la gran contribución del cristianismo a la civilización al reconocer a la persona individual como el centro mismo de la Creación.

EL JUSTO PECADOR
Los pecados son de los hombres, y el Evangelio lo señala claramente al decir: "el justo peca siete veces". Pero aún más dice: "el que esté libre de pecado que tire la primera piedra". Lamentablemente estos conocimientos, incluído aquel más importante: "dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios",  fueron olvidados en la simbiosis histórica entre el Estado y la Iglesia.

La sabiduría del cristianismo abusnda en el mandato de "amar al prójimo como a ti mismo". Este mandato muestra que ese amor no existe como una universalidad y, por lo tanto, difícilmente puede construirse una sociedad a partir de presuponerlo. El prójimo es cercano, por lo tanto, ni siquiera el cristianismo pretende una amor a la humanidad, que no forma parte de la naturaleza del hombre. El poner como límite de bien el amor a sí mismo es la manifestación paladina de la conciencia de que el hombre, por encima de todo, se quiere a sí mismo. Es decir, ése no es un mandato, es un parámetro de la realidad de la naturaleza humana.

LA PROPIEDAD
Otro aspecto trascendente es el reconocimiento de la propiedad privada tal como se manifiesta en la parábola de los trabajadores que, llegados a la hora nona, recibieron pagos iguales que los primeros. Cuando éstos protestaron al Señor (propietario), éste manifestó: "Yo cumplí con ustedes y les pagué lo convenido, por tanto nada pueden quejarse por mis contratos posteriores". Aquí no sólo se reconoce el derecho de propiedad, sino la libertad de contratación y el valor conmutativo de los contratos.

En la parábola de los talentos se reconocen la responsabilidad individual por nuestras acciones y los resultados de las mismas.

Por último, la admonición sobre que "es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos a que pase un camello por el ojo de una aguja" no tiene otro sentido que el que tiene más responsabilidades a su vez tiene más tentaciones para pecar. Al mismo tiempo debe tenerse en cuenta que el concepto de riqueza debe entenderse como poder en general. Particularmente en los tiempos del Evangelio, la relación de causalidad era del poder a la riqueza, y no viceversa.

ABUSOS DE PODER
El liberalismo fue precisamente el intento de evitar los abusos de poder, cualquiera fuese su origen, ya fuese político o eclesiástico, y al mismo tiempo permitir la libertad de conciencia. Así, John Locke, en su carta sobre la tolerancia, publicada después de la Revolución Gloriosa en Inglaterra en 1688, escribió que toda iglesia es ortodoxa con respecto a sí misma: "El Evangelio frecuentemente declara que los verdaderos discípulos de Cristo deben sufrir persecusión; pero que la Iglesia de Cristo deba perseguir a otros y forzar a otros mediante el fuego y la espada a abrazar su fe y su doctrina, eso no lo he encontrado nunca en ninguno de los libros del Nuevo Testamento."

En otras palabras, el liberalismo, cuyo primer exégeta fue Locke, pretendió pies, conforme a los dicho por jesucristo, separar la Iglesia del Estado, pues el gobierno de la sociedad civil estaba instituido tan solo para cuidar de los intereses civiles tales como la vida, la libertad, la salud, y la pocesión de cosas externas. Al mismo tiempo, señala que el cuidado de las almas no le corresponde al gobierno.

El liberalismo está muy lejos de ser ateo, como se ha pretendido a partir de haber tomado al crimen histórico de la Revolución Francesa de 1789 como su paradigma. Esta revolución representó el intento de crear una religión seglar que buscó darle a la razón el lugar de Dios.

A través de la historia de sus filósofos, el liberalismo ha mostrado no solamente respeto por la religión como el ámbito de la conciencia individual, sino su conciencia de la falencia permanente del ser humano en su búsqueda del conocimiento, y no la confusión del recionalismo que entiende una sinonimia entre razón y verdad.

EN LA UNION
Fue la convicción de que los gobernantes son igualmente hombres, con iguales falencias que sus congéneres, la que determinó la necesidad de la limitación del poder político. Fue éste el criterio con el que se constituyeron los Estados Unidos a partir del pensamiento de James Madison, quien dijera: "Si los hombres fueran ángeles no haría falta gobierno, y si fueran a ser gobernados por ángeles no se requeriría ningún control sobre ellos".

Por la misma razón David Hume se había percatado de que la razón, lejos de prescribir la moral, era tan solo el instrumento de las pasiones. Por ello, dijo, la estructura de la sociedad debía reconocer éticamente los intereses, y sólo la confrontación de las pasiones habría de delimitarse. De ahí surgía la necesidad de la seguridad en la propiedad privada, y a ella se refiere el concepto mismo de justicia, que se diferencia de la moral en cuanto ésta es intencional, en tanto que la primera es consecuencial. Así, dijo Hume: "Es sólo como consecuencia del amor a sí mismo y la limitada generosidad de los hombres, conjuntamente con la escasa provisión que la naturaleza hace a sus necesidades, que la justicia deriva su origen..."

Como vemos, no existe una contradicción entre los principios cristianos y la filosofía liberal, sino que ésta surge históticamente cuando la Iglesia ha pretendido un rol que conforme al Evangelio no le corresponde, y que es el de dominar el poder político en una conciencia de absoluto que ignora precisamente las falencias del ser humano reconocidas por el propio Evangelio.

RERUM NOVARUM
Debe destacarse el gran aporte de León XIII a la comprensión del problema en su encíclica Rerum Novarum, donde escribió: "Sea pues el primer principio y como la base de todo, que no hay más remedio que acomodarse a la condición humana: que en la sociedad civil no pueden ser todos iguales, los altos y los bajos... quitar a otro lo que es suyo, o en pro de una absurda igualdad apoderarse de la fortuna ajena, lo prohibe la justicia y lo rechaza la naturaleza misma del bien común; que no se abrume a la propiedad privada con enormes tributos e impuestos..." Y, con una clarividencia que pareciera que hubiese conocido el mundo comunista, hizo la siguiente admonición respecto de la abolición de la propiedad privada: "Secaríanse necesariamente las fuentes mismas de la riqueza, y esa igualdad que en su pensamiento se forjan, no sería en hecho de verdad, otra cosa que un estado tan triste como innoble de todos los hombres sin distinción. De todo lo cual se ve que aquel dictamen de los socialistas, a saber, que toda propiedad ha de ser común, debe absolutamente rechazarse, porque daña a los mismos a quienes trata de socorrer, pugna con los derechos naturales de los individuos y perturba los deberes del Estado y la tranquilidad común".

En un sentido similar se pronunció Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus, revirtiendo la doctrina social a sus orígenes después que, a nuestro juicio, se podían percibir desvíos hacia el fascismo de la Quadragesimus Annus y más tarde hacia una competencia con el marxismo en la Populorum Progressio. Esto dio como resultado los documentos de Puebla que derivaron en la Teología de la Liberación, hoy afortunadamente descalificada por Juan Pablo II.

No querría terminar sin mencionar las palabras de Juan Pablo II, que considero como una revelación de la coincidencia profunda entre el cristianismo y el liberalismo, cuando dice: "El hombre creado para la libertad lleva dentro de sí la herida del pecado original que lo empuja continuamente hacia el mal y hace que necesite redención. Esta doctrina no es sólo parte integrante de la revelación cristiana sino que tiene un gran valor hermenéutico en cuanto ayuda a entender la realidad humana. El hombre tiende hacia el bien, pero es también capaz del mal (...). El orden social será tanto más sólido cuanto más tenga en cuenta este hecho, y no oponga el interés individual al de la sociedad en su conjunto sino que busque más bien los modos de su fructuosa coordinación. De hecho, donde el interés individual es suprimido violentamente, queda sustituido por un oneroso y opresivo sistema de control burocrático que esteriliza toda iniciativa y creatividad. Cuando los hombres se creen en posesión del secreto de una organización social perfecta, la política se convierte entonces en una religión secular, que cree ilusoriamente que puede construir el paraíso en este mundo".